miércoles, 26 de noviembre de 2014

Bilingüismo y monolingüismo

Carmen Dolores Hernández / 26 de noviembre de 2014

Al paso que vamos, seremos siempre monolingües, aunque lo seremos por sectores. Unos hablarán solo español porque no saben -no les han enseñado- el inglés; otros hablarán solo en inglés porque no pueden -ni quieren- hablar bien el español.


Resulta cada vez más patente el descuido de la enseñanza del español en los colegios privados. Si bien se habla de programas de inmersión en inglés para las escuelas públicas, se debería hablar de otros de inmersión en español para las privadas. Pregúntele usted a cualquier padre o madre que manda a su hijo a un colegio privado qué espera de la institución y la respuesta será, invariablemente: que aprendan buen inglés. Nunca he sabido de padres que les reclamen a los colegios privados la buena enseñanza del vernáculo.

Muchos niños puertorriqueños usan hoy el inglés para comunicarse y jugar. Lo mismo sucede con los adolescentes. Conozco, incluso, a familias enteras de gente aquí nacida y criada que hablan entre sí en inglés. Cada vez son menos, además, quienes tienen a su disposición un amplio vocabulario en español y pueden escribirlo correctamente a nivel profesional, social, periodístico, pedagógico. La escritura correcta y fluida en nuestra lengua materna se está convirtiendo rápidamente en un arte perdido. (Una digresión: ¿tolerarían los principales y los maestros de esas escuelas privadas que sus estudiantes cometieran en inglés los errores ortográficos que cometen en español?)

El español se da por sentado; se piensa que los niños adquirirán competencia coloquial por hablarlo en la casa. No hay verdadero interés en su aprendizaje cabal, en su dominio a nivel culto, que es el nivel que les compete enseñar a las escuelas. Al español no se le ve futuro porque aquí todos los futuros vienen de un solo lugar. Lo estamos relegando al rango de un idioma meramente doméstico, sin que se aprecie su grandeza expresiva, su valor comunicativo e incluso económico. Es inexplicable esto, toda vez que hay unos cuatrocientos millones de hispanohablantes, lo cual lo convierte en el tercero o el cuarto idioma más importante del mundo. Eso supone un universo lingüístico de grandes proporciones. Comunicarnos con ese vasto universo conlleva enormes ventajas de tipo socioeconómico y cultural.

Cada lengua, además, implica una visión de mundo, trae tras sí una historia, un talante cultural. Hablar bien la lengua materna afianza en nosotros un sentido básico de lo que es un idioma, sentido que luego nos ayudará en el aprendizaje de otros. Mientras más idiomas dominemos, mejor entenderemos el mundo en que vivimos. No se trata, por tanto, de una guerra (¿política?) entre el español y el inglés. Perder cualquiera de los dos idiomas –pero sobre todo la lengua materna- redundaría en un empobrecimiento general.

No abogamos, pues, por suprimir la enseñanza de una lengua; denunciamos el que una de ellas se enseñe a expensas de la otra. Al usar el inglés como idioma pedagógico único en varios colegios privados, se priva a los niños de las competencias básicas de la expresión culta en español. ¿Cuántos, por ejemplo, solo saben los nombres de los países en inglés? ¿Cuántos pueden hablar de ciencias sin recurrir a ese idioma? ¿Cuántos son capaces de redactar un texto que tenga fluidez y expresividad, manejando un vocabulario adecuado al tema en cuestión?

En la mayoría de los casos no se trata de interferencias lingüísticas del inglés, es que no le han enseñado al alumno cómo decir las cosas en español.

Nadie manda en cuestiones lingüísticas. Las lenguas son vehículos de expresión libre y se desarrollan libremente, más allá de toda regla. Pero para que florezcan en un entorno hay que apreciarlas, enseñarlas con entusiasmo, acordarles el prestigio que merecen en una sociedad que necesita que sus ciudadanos se sepan expresar bien para participar en el debate público. Privar a los niños de la capacidad de manejar a cabalidad su lengua materna es privarlos de un gran tesoro.

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